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Marx y los marxismos

Francisco Fern√°ndez Buey - 1999
 

I. Karl Marx ha sido, sin duda, uno de los faros intelectuales del siglo XX. Muchos trabajadores llegaron a entender, a través de la palabra de Marx, al menos una parte de sus sufrimientos cotidianos, aquella que tiene que ver con la vida social del asalariado. Muchos obreros, que apenas sabían leer, le adoraron. En su nombre se han hecho casi todas las revoluciones político-sociales de nuestro siglo. En nombre de su doctrina se elevó también la barbarie del stalinismo. Y contra la doctrina que se creó en su nombre se han alzado casi todos los movimientos reaccionarios del siglo XX.

El siglo acaba. Pr√°cticamente toda forma de poder que haya navegado durante estos cien a√Īos bajo la bandera del comunismo ha muerto ya. No sabemos todav√≠a lo que dar√°n de s√≠ las "revoluciones pasivas" de este final del siglo XX, que han nacido del temor al espectro del comunismo y del horror que produjo la conversi√≥n de la doctrina comunista en Templo. Ser√≠a presuntuoso anticipar lo que se dir√° en el siglo XXI sobre esta parte de la historia del siglo XX.

Pero una cosa parece segura: en el siglo XXI, cuando se lea a Marx, se le leer√° como se lee a un cl√°sico.

A veces se dice: los clásicos no envejecen. Pero eso es una impertinencia: los clásicos también envejecen. Aunque, ciertamente, de otra manera. Un clásico es un autor cuya obra, al cabo del tiempo, ha envejecido bien (incluso a pesar de sus devotos, de los templos levantados en su nombre o de los embalsamamientos académicos).

Marx es un cl√°sico. Un cl√°sico interdiciplinario. Un cl√°sico de la filosof√≠a mundanizada, del periodismo fuerte, de la historiograf√≠a con ideas, de la sociolog√≠a cr√≠tica, de la teor√≠a pol√≠tica con punto de vista. Y, sobre todo, un cl√°sico de la econom√≠a que no se quiere s√≥lo cremat√≠stica. Contra lo que se dice a veces, no fue Marx quien exalt√≥ el papel esencial de lo econ√≥mico en el mundo moderno. √Čl tom√≥ nota de lo que estaba ocurriendo bajo sus ojos en el capitalismo del siglo XIX. Fue √©l quien escribi√≥ que hab√≠a que rebelarse contra las determinaciones de lo econ√≥mico. Fue √©l quien llam√≥ la atenci√≥n de los contempor√°neos sobre las alienaciones implicadas en la mercantilizaci√≥n de todo lo humano. Leen a Marx al rev√©s quienes reducen sus obras a determinismo econ√≥mico. Como leyeron a Maquiavelo al rev√©s quienes s√≥lo vieron en su obra desprecio de la √©tica en favor de la raz√≥n de Estado.

II. Marx no cabe en ninguno de los cajones en que se ha dividido el saber universitario en este fin de siglo. Pero está siempre ahí, al fondo, como el clásico con el que hay que dialogar y discutir cada vez que se abre uno de estos cajones del saber clasificado: economía, sociología, historia, filosofía.

Cuando uno entra en la biblioteca de Marx la imagen con la que sale es la de que allí vivió y trabajó un "hombre del Renacimiento". Tal es la diversidad de temas y asuntos que le interesaron. Y eso que lo que él llamaba "la ciencia", su investigación socioeconómica de las leyes o tendencias del desarrollo del capitalismo, la hizo, casi toda, en una biblioteca que no era la suya: la del Museo Británico.

Una obra que no cabe en los cajones clasificatorios de nuestros saberes es siempre una obra incómoda y problemática. Y ante ella hay dos actitudes tan típicas como socorridas. Una es la de los devotos. Consiste en proclamar que el Verdadero y Auténtico Saber es, contra las clasificaciones establecidas por la Academia, el de Nuestro Héroe. La otra actitud consiste en agarrarse a los cajones y despreciar el saber incómodo, como diciendo: "si alguien no ha sido filósofo profesional, ni economista matemático, ni sociólogo del ramo, ni historiador de archivos, ni neutral teorizador de lo político, es que no es nada, o casi nada".

La primera actitud convierte al clásico en un santo de los que ya en su tierna infancia se abstenían de mamar los primeros viernes (aunque sea un santo laico). La segunda actitud ningunea al clásico y recomienda a los jóvenes que no pierdan el tiempo leyéndolo (aunque luego éstos acaben revisitándolo casi a escondidas).

Si el cl√°sico tiene que ver, adem√°s, con la lucha de clases y ha tomado partido en ella, como es el caso, la cosa se complica. Pues los hagi√≥grafos convertir√°n la Ciencia de Nuestro H√©roe en Templo y los acad√©micos le imputar√°n la responsabilidad por toda villan√≠a cometida en su nombre desde el d√≠a de su muerte. Por eso, y contra eso, Bertolt Brecht, que era de los que hacen pedagog√≠a desde la Compa√Ī√≠a Laica de la Soledad, pudo decir con raz√≥n: Se ha escrito tanto sobre Marx que √©ste ha acabado siendo un desconocido.

¬ŅY qu√© decir de un conocido tan desconocido sobre el que se ha dicho ya de todo y todo lo contrario?

Pues, una vez m√°s, que lo mejor es leerlo. Como si no fuera de los nuestros, como si no fuera de los vuestros. Como se lee a cualquier otro cl√°sico cuyo amor el propio Marx comparti√≥ con otros que no compart√≠an sus ideas: a Shakespeare, a Diderot, a Goethe, a Lessing, a Hegel. Trat√°ndose de Marx, y en este pa√≠s en el que estamos, conviene precisar: leerlo, no "releerlo", como se pretende aqu√≠ siempre que se habla de los cl√°sicos. Porque para releer de verdad a un cl√°sico hay que partir de una cierta tradici√≥n en la lectura. Y en el caso de Marx, aqu√≠, entre nosotros, no hay apenas tradici√≥n. S√≥lo hubo un bosquejo, el que produjo Manuel Sacrist√°n hace ahora veintitantos a√Īos. Y ese bosquejo de tradici√≥n qued√≥ truncado. Hablando de Marx, casi todo lo dem√°s han sido lecturas fragmentarias e intermitentes, lecturas instrumentales, lecturas a la b√ļsqueda de citas convenientes, lecturas tra√≠das o llevadas por los pelos para acogotar con ismos a los otros o para demostrar al pr√≥jimo, con otros ismos, que tiene que arrepentirse y ponerse de rodillas ante eso que ahora se llama Pensamiento √önico.

Marx sin ismos, pues. Tal es la intención de este libro: entender a Marx sin los ismos que se crearon en su nombre y contra su nombre.

III. Karl Marx fue un revolucionario que quiso pensar radicalmente, yendo a la ra√≠z de las cosas. Fue un ilustrado crepuscular: un ilustrado opuesto a toda forma de despotismo, que siendo, como era, lector as√≠duo de Goethe y de Lessing, nunca pudo soportar el dicho aquel de todo para el pueblo pero sin el pueblo. Karl Marx fue un ilustrado con una acentuada vena rom√°ntica, en muchas cosas emparentado con el poeta Heine, pero que nunca se dej√≥ llamar "rom√°ntico" porque le produc√≠a malestar intelectual el sentimentalismo declamatorio y a√Īorante.

Karl Marx fue, de joven, un liberal que, con la edad y viendo lo que pasaba a su alrededor (en la Alemania prusiana, en la Francia liberal y en el hogar clásico del capitalismo) se propuso dar forma a la más importante de las herejías del liberalismo político del siglo XIX: el socialismo.

Karl Marx se hizo socialista y quiso convencer a los trabajadores de que el mundo podía cambiar de base, de que el futuro sería socialista, porque en el mundo que le tocó vivir (el de las revoluciones europeas de 1848, el de la liberación de los siervos en Rusia, el de las luchas contra el esclavismo, el de la guerra franco-prusiana, el de la Comuna de París, el de la conversión de los EE.UU. de Norteamérica en potencia económica mundial) no había más remedio que ser ya -- pensaba él -- algo más que liberales.

Desde esa convicción, la idea central que Marx legó al siglo XX se puede expresar así: el crecimiento espontáneo, supuestamente "libre", de las fuerzas del mercado capitalista desemboca en concentración de capitales; la concentración de capitales desemboca en el oligopolio y en el monopolio; y el monopolio acaba siendo negación no sólo de la libertad de mercado sino también de todas las otras libertades. Lo que se llama "mercado libre" lleva en su seno la serpiente de la contradicción: una nueva forma de barbarie. Rosa Luxemburg tradujo plásticamente esta idea a disyuntiva: socialismo o barbarie.

IV. Como Marx era muy racionalista, como aspiraba siempre a la coherencia l√≥gica y como se manifestaba casi siempre con mucha contundencia apasionada, no es de extra√Īar que su obra est√© llena de contradicciones y de paradojas. Y como usaba mucho en sus escritos la met√°fora aclaradora y abusaba de los ejemplos, tampoco es de extra√Īar que algunos de los ejemplos que puso para ilustrar sus ideas se le hayan vengado y que no pocas de sus met√°foras se le hayan vuelto en contra. As√≠ es el mundo de las ideas.

Algunas de esas contradicciones lleg√≥ a verlas √©l mismo. Una de ellas, la m√°s honda, la menos formal, las m√°s personal, la vi√≥ incluso con cierto humor negro: "Nunca se ha escrito tanto sobre el capital -- dijo el autor de El capital -- careciendo de √©l hasta tal punto". Otras de esas contradicciones le hicieron sufrir hasta el final de su vida. √Čl, que no pretendi√≥ construir una filosof√≠a de la historia, y que as√≠ lo escribi√≥ en 1874, tuvo que ver c√≥mo la forma y la contundencia que hab√≠a dado a sus afirmaciones sobre la historia de los hombres hicieron que, ya en vida, fuera considerado por sus seguidores sobre todo como un fil√≥sofo de la historia. √Čl, que despreciaba todo dogmatismo, que ten√≠a por m√°xima aquello de que hay que dudar de todo y que presentaba la cr√≠tica precisamente como forma de hacer entrar en raz√≥n a los dogm√°ticos, todav√≠a tuvo tiempo de ver c√≥mo, en su nombre, se constru√≠a un sistema filos√≥fico para los que no tienen duda de nada y se exaltaba su m√©todo como llave maestra para abrir las puertas de la explicaci√≥n de todo.

V. Este Marx (sin ismos) tiene algo de parad√≥jica grandeza y de conficto interior no asumido. Crey√≥ que la raz√≥n de su vida era dar forma arquitect√≥nica a la investigaci√≥n cient√≠fica de la sociedad, pero dedic√≥ meses y meses a polemizar con otros sobre asuntos pol√≠ticos que hoy nos parecen menores. Crey√≥ que la historia avanza dial√©cticamente por su lado malo (e incluso por su lado peor), y tal vez acert√≥ en general, pero no pudo o no supo prever que la verdad concreta, inmediata, de esa raz√≥n fuera a ser otra forma de barbarie. ¬ŅAcaso podemos, entre humanos, hablar de progreso tan en general?

Karl Marx am√≥ tanto la raz√≥n ilustrada que se propuso, y propuso a los dem√°s, un imposible: hacer del socialismo (o sea, de un movimiento, de un ideal) una ciencia. Hoy, cuando el siglo acaba, nos preguntamos si no hubiera sido mejor conservar para eso el viejo nombre de utop√≠a, seguir llamando al socialismo como lo llamaban el propio Marx y sus amigos cuando eran j√≥venes: pasi√≥n razonada o raz√≥n apasionada. Pero en un siglo tan positivista y tan cientificista como el que Marx maduro inauguraba tampoco pod√≠a resultar extra√Īo identificar la ciencia con la esperanza de los que nada ten√≠an. Hasta es posible que por eso mismo, por esa identificaci√≥n, los de abajo le amaran luego tanto. Y es seguro que por eso casi todos los poderosos le odiaron y a√ļn le odian (cuando no se quedan con su ciencia y rechazan su pol√≠tica).

VI. Marx quer√≠a el comunismo, claro est√°, pero no lo quer√≠a crudo, nivelador de talentos, pobre en necesidades; aunque su tono a veces prof√©tico, como el del trueno, parec√≠a negar el epic√ļreo que hab√≠a en √©l. ¬ŅSer√° el esc√°ndalo moral que produce la observaci√≥n de las desigualdes sociales lo que hace prof√©ticos a los epic√ļreos? Sea como fuere, Marx estableci√≥ sin pesta√Īear que la violencia es la comadrona de la historia en tiempos de crisis; pero al mismo tiempo critic√≥ sin contemplaciones la pena de muerte y otras violencias. Marx postul√≥ que la libertad consiste en que el Estado deje de ser un √≥rgano superpuesto a la sociedad para convertirse en √≥rgano subordinado a ella, aunque al mismo tiempo crey√≥ necesaria la dictadura del proletariado para llegar al comunismo, a la sociedad de iguales.

Marx, el Marx que se leer√° en el siglo XXI, nunca hubiera llegado a imaginar que un d√≠a, en un pa√≠s lejano cuya lengua quiso aprender de viejo ser√≠a objeto de culto cuasirreligioso en nombre del comunismo, o que en otro pa√≠s, a√ļn m√°s lejano, y del que casi nada supo, se le comparar√≠a con el sol rojo que calienta nuestros corazones. Pero aquel tono prof√©tico con el que a veces trat√≥ de comunicar su ciencia a los de abajo tal vez implicaba eso. O tal vez no. Quiz√°s el que esto haya ocurrido fue s√≥lo la consecuencia de la traducci√≥n de su pensamiento a otras lenguas, a otras culturas. Toda traducci√≥n es traici√≥n. Y quien traduce para muchos traiciona m√°s.

VII. Marx sin ismos, digo. Pero ¬Ņes eso posible? Y ¬Ņno ser√° eso desvirtuar la intenci√≥n √ļltima de la obra de Marx? ¬ŅSe puede separar a Marx de lo que han sido el marxismo y el comunismo modernos? ¬ŅAcaso se puede escribir sobre Marx sin tener en cuenta lo que han sido los marxismos en este siglo? ¬ŅNo fue precisamente la intenci√≥n de Marx fundar un ismo, ese movimiento al que llamamos comunismo? ¬ŅY no es precisamente esta intenci√≥n, tan expl√≠citamente declarada, lo que ha diferenciado a Marx de otros cient√≠ficos sociales del siglo XIX?

Para contestar a esas preguntas y justificar el título de este libro hay que ir por partes. Marx fue crítico del marxismo. Así lo dejó escrito Maximilien Rubel en el título de una obra importante aunque no muy leída. Rubel tenía razón. Que Marx haya pretendido fundar una cosa llamada marxismo es más que dudoso. Marx tenía su ego, como todo hijo de vecino, pero no era Narciso. Es cierto, en cambio, que mientras Marx vivió había algunos que le apreciaron tanto como para llamarse a sí mismos marxistas. Pero también lo es que él mismo dijo aquello de "yo no soy marxista".

Con el paso del tiempo y la correspondiente descontextualización, esta frase, tantas veces citada, ha ido perdiendo el significado que tuvo en boca de quien la pronunció. Escribir sobre Marx sin ismos es, pues, para empezar, restaurar el sentido originario de aquel decir de Marx. Restaurar el sentido de una frase es como volver a dar a la pintura los colores que originalmente tuvo: leerla en su contexto. Cuando Marx dijo a Engels, al parecer un par de veces, entre 1880 y 1881, ya en su vejez, "yo no soy marxista", estaba protestando contra la lectura y aprovechamiento que por entonces hacían de su obra económica y política gentes como los "posibilistas" y guesdistas franceses, intelectuales y estudiantes del partido obrero alemán y "amigos" rusos que interpretaban mecánicamente El capital.

Por lo que se sabe de ese momento, a trav√©s de Engels, Marx dijo aquello riendo. Pero m√°s all√° de la broma queda un asunto serio: a Marx no le gustaba nada lo que empezaba a navegar entre los pr√≥ximos con el nombre de marxismo. Por supuesto, no podemos saber lo que hubiera pensado de otras navegaciones posteriores. Pero lo que sabemos da pie a restaurar el cuadro de otra manera. No querr√≠a enga√Īar a nadie: hacer de restaurador tiene algunos peligros, el principal de los cuales es que, a veces, uno se inventa colores demasiado vivos que tal vez no eran los de la paleta del pintor, sino los que aman nuestros ojos. Trat√°ndose de texto escrito pasa algo parecido. Pero afrontar ese riesgo vale la pena. Y afrontarlo no tiene por qu√© implicar necesariamente declararse marxista. Esa es otra cuesti√≥n. No hay por qu√© entrar en ella aqu√≠. De la seria broma del viejo Marx s√≥lo pueden deducirse razonablemente dos cosas. Primera: que al decir "yo no soy marxista" el autor de la frase no pretend√≠a descalificar a la totalidad de sus seguidores ni, menos a√ļn, renunciar a sus ideas o a influir en otros. Y segunda: que para leer bien a Marx no hace falta ser marxista. Quien quiera serlo hoy tendr√° que serlo, como pretend√≠a el dramaturgo alem√°n Heine Muller, necesariamente por comparaci√≥n con otras cosas. Y con sus propios argumentos.

VIII. Queda todav√≠a la otra pregunta: ¬Ņse puede escribir hoy en d√≠a sobre Marx sin entrar en el tema de su herencia pol√≠tica, es decir, haciendo caso omiso de lo que ha sido la historia del comunismo en el siglo XX? Mi contestaci√≥n a esa pregunta es: no s√≥lo se puede (pues, obviamente, hay quien lo hace), sino que se debe. Se debe distinguir entre lo que Marx hizo y dijo como comunista y lo que dijeron e hicieron otros, a lo largo del tiempo, en su nombre. Querr√≠a argumentar esto un poco.

La prostitución del nombre de la cosa de Marx, el comunismo moderno, no es ya responsabilidad de Marx. Mucha gente piensa que sí lo es e ironiza ahora sobre que Marx debería pedir perdón a los trabajadores. Yo pienso que no. Diré por qué. Las tradiciones, como las familias, crean vínculos muy fuertes entre las gentes que viven en ellas. La existencia de estos vínculos fuertes tiene casi siempre como consecuencia el olvido de quién es cada cual en esa tradición: las gentes se quedan sólo con el apellido de la familia, que es lo que se transmite, y pierden el nombre propio. Esto ha ocurrido también en la historia del comunismo. Pero de la misma manera que es injusto culpabilizar a los hijos que llevan un mismo apellido de delitos cometidos por sus padres, o viceversa, así también sería una injusticia histórica cargar al autor del Manifiesto comunista con los errores y delitos de los que siguieron utilizando, con buena o mala voluntad, su apellido.

Seamos sensatos por una vez. A nadie se le ocurrir√≠a hoy en d√≠a echar sobre los hombros de Jes√ļs de Nazaret la responsabilidad de los delitos cometidos a lo largo de la historia por todos aquellos que llevaron el apellido de cristianos, desde Torquemada al General Pinochet pasando por el General Franco. Y, con toda seguridad, tildar√≠amos de sectario o insensato a quien pretendiera establecer una relaci√≥n causal entre el Serm√≥n de la Monta√Īa y la Inquisici√≥n romana o espa√Īola. No s√© si en el siglo XVI alguien pens√≥ que Jes√ļs de Nazaret ten√≠a que pedir perd√≥n a los indios de Am√©rica por las barbaridades que los cristianos europeos hicieron con ellos en el nombre de Cristo. S√≥lo conozco a uno que, con valent√≠a, escribi√≥ algo parecido a esto. Pero ese alguien no dijo que el que tuviera que pedir perd√≥n fuera Jes√ļs de Nazaret; dijo que los que ten√≠an que hacerse perdonar por sus cr√≠menes eran los cristianos mandamases contempor√°neos.

¬ŅComparaciones odiosas? No conozco otra forma m√°s ecu√°nime de hacer historia de las ideas. Eso lo aprend√≠ de Isaac Berlin, con cuya obra sobre Karl Marx, muy conocida, discuto en este libro, precisamente porque en este caso Berlin no me parece ecu√°nime y porque discutiendo con los maestros se aprende.

Y, puesto ya a las comparaciones odiosas, a√Īadir√© que tambi√©n hay algo que aprender de la restauraci√≥n historiogr√°fica reciente de la vida y los hechos de Jes√ļs de Nazaret, a saber: que ha habido otros evangelios, adem√°s de los can√≥nicos, y que el estudio de la documentaci√≥n descubierta al respecto en los √ļltimos tiempos (desde los evangelios gn√≥sticos a algunos de los Manuscritos del Mar Muerto) muestra que tal vez esas otras historias de la historia sagrada estaban m√°s cerca de la verdad que la Verdad canonizada. En esa odiosa comparaci√≥n me he inspirado para leer a Marx a trav√©s de los ojos de tres autores que no fueron ni comunistas ortodoxos, ni marxistas can√≥nicos, ni evangelistas: Korsch, Rubel y Sacrist√°n. Hay varias cosas que diferencian la lectura de Marx que hicieron estos tres. Pero hay otras, sustanciales para m√≠, en las que coinciden: el rigor filol√≥gico, la atenci√≥n a los contextos hist√≥ricos y la total ausencia de beater√≠a no s√≥lo en lo que respecta a Marx sino tambi√©n en lo que ata√Īe a la historia del comunismo. Tambi√©n ellos hubieran podido decir (y, de hecho, lo dijeron a su manera) que no eran marxistas. Y, sin embargo, pocas lecturas de Marx seguir√°n siendo tan estimulantes como las que ellos hicieron.

IX. Recupero ahora el final del punto primero de este escrito para concluir sobre la relación entre Marx y el comunismo moderno.

No s√≥lo me parece presuntuoso, sino manifiestamente falso, deducir de la desaparici√≥n del comunismo como Poder la muerte de toda forma de comunismo. Concluir tal cosa ahora, en 1998, es un contraf√°ctico, es una afirmaci√≥n contra los hechos: en el mundo sigue habiendo comunistas, personas, partidos y movimientos que se llaman as√≠. Los hay en Europa y en Am√©rica, en √Āfrica y en Asia. Nuestros medios de comunicaci√≥n, que han publicado numeros√≠simas rese√Īas del Libro negro del comunismo, apenas si se han fijado en ello, pero, con motivo del 150 aniversario de la aparici√≥n del Manifiesto Comunista, este mismo a√Īo se reunieron en Par√≠s mil seiscientas personas, llegadas de Asia y de Africa, de las dos Am√©ricas y de todos los rincones de Europa, que coincid√≠an en esto: la idea de comunismo sigue viva en el mundo. Tampoco es habitual ahora tener en cuenta la opini√≥n de historiadores, fil√≥sofos y literatos que, como el ruso Alexander Zinoviev o el italiano Giorgio Galli, hacen hoy la defensa del comunismo, del otro comunismo, sin ser comunistas y despu√©s de haber cantado en d√©cadas pasadas verdades como las del lucero del alba que les valieron la acusaci√≥n de anticomunistas. Son los otros ex-, de los que casi nunca se habla, los que cambiaron de otra manera porque atendieron, contra la corriente, a las otras verdades.

Antes de ofrecerse como fiscal para la pr√°ctica, tan socorrida, de los juicios sumar√≠simos en los que, por simplificaci√≥n, se mete en un mismo saco a las v√≠ctimas con los victimarios conviene ponerse la mano en coraz√≥n y preguntarse, sin prejuicios, por qu√©, como dec√≠a el t√≠tulo de una pel√≠cula ir√≥nica, hay personas que no se averg√ľenzan de haber tenido padres comunistas, por qu√©, a pesar de todo, sigue habiendo comunistas en un mundo como en el nuestro.

Si sigue habiendo comunistas en este mundo es porque el comunismo de los siglos XIX y XX, el de los tatarabuelos, bisabuelos, abuelos y padres de los j√≥venes de hoy, no ha sido s√≥lo poder y despotismo. Ha sido tambi√©n ideario y movimiento de liberaci√≥n de los an√≥nimos por antonomasia. Hay un Libro Blanco del comunismo que est√° por reescribir. Muchas de las p√°ginas de ese Libro, hoy casi desconocido para los m√°s j√≥venes, las bosquejaron personas an√≥nimas que dieron lo mejor de sus vidas en la lucha por la libertad en pa√≠ses en los que no hab√≠a libertad; en la lucha por la universalizaci√≥n del sufragio en pa√≠ses en los que el sufragio era limitado; en la lucha en favor de la democracia en pa√≠ses donde no hab√≠a democracia; en la lucha en favor de los derechos sociales de la mayor√≠a donde los derechos sociales eran ignorados u otorgados s√≥lo a una minor√≠a. Muchas de esas personas an√≥nimas, en Espa√Īa y en Grecia, en Italia y en Francia, en Inglaterra y en Portugal, y en tantas otras partes del mundo, no tuvieron nunca ning√ļn poder ni tuvieron nada que ver con el estalinismo, ni oprimieron desp√≥ticamente a otros semejantes, ni justificaron la raz√≥n de Estado, ni se mancharon las manos con la apropiaci√≥n privada del dinero p√ļblico.

Al decir que el Libro Blanco del comunismo está por reescribir no estoy proponiendo la restauración de una vieja Leyenda para arrinconar o hacer olvidar otras verdades amargas contenidas en los Libros Negros. No es eso. Ni siquiera estoy hablando de inocencia. Como sugirió Brecht en un poema célebre, tampoco lo mejor del comunismo del siglo XX, el de aquellos que hubieran querido ser amistosos con el prójimo, pudo, en aquellas circunstancias, ser amable. La historia del comunismo del siglo XX tiene que ser vista como lo es, como una tragedia. El siglo XX ha aprendido demasiado sobre el fruto del árbol del Bien y del Mal como para que uno se atreva ahora a emplear la palabra "inocencia" sin más. Hablo, pues, de justicia. Y la justicia es también cosa de la historiografía.

X. ¬ŅQu√© historiograf√≠a se puede proponer a los m√°s j√≥venes? ¬ŅC√≥mo enlazar la biograf√≠a intelectual de Karl Marx con las insoslayables preocupaciones del presente? Estas son preguntas que se pueden tomar como un reto intelectual hoy en d√≠a.

Tal vez la mejor manera de entender a Marx desde las preocupaciones de este fin de siglo no pueda ser ya la sencilla reproducción de un gran relato lineal que siguiera cronológicamente los momentos claves de la historia de Europa y del mundo en el siglo XX como en una novela de Balzac o de Tólstoi. Durante mucho tiempo esa fue la forma, vamos a decirlo así, "natural", de comprensión de las cosas; una forma que cuadraba bien con la importancia colectivamente concedida a las tradiciones culturales y, sobre todo, a la transmisión de las ideas básicas de generación en generación. Pero seguramente ya no es la forma adecuada. El gran relato lineal no es ya, desde luego, lo habitual en el ámbito de la narrativa. Y es dudoso que pueda seguir siéndolo en el campo de la historiografía cuando la cultura de las imágenes fragmentadas que ofrecen el cine, la televisión y el vídeo ha calado tan hondamente en nuestras sociedades. El posmodernismo es la etapa superior del capitalismo y, como escribió John Berger con toda la razón, "el papel histórico del capitalismo es destruir la historia, cortar todo vínculo con el pasado y orientar todos los esfuerzos y toda la imaginación hacia lo que está a punto de ocurrir". Así ha sido. Y así es.

Y si así ha sido y así es entonces a quienes se han formado ya en la cultura de las imagenes fragmentadas hay que hacerles una propuesta distinta del gran relato cronológico para que se interesen por lo que Marx fue e hizo; una propuesta que restaure, mediante imágenes fragmentarias, la persistencia de la centralidad de la lucha de clases en nuestra época entre los claroscuros de la tragedia del siglo XX.

Imaginemos una cinta sin fin que proyecta ininterrumpidamente im√°genes sobre una pantalla. En el momento en que llegamos a la proyeccci√≥n una voz en off lee las palabras del ep√≠logo hist√≥rico a Puerca tierra de John Berger. Son palabras que hablan de tradici√≥n, supervivencia y resistencia, del lento paso desde el mundo rural al mundo de la industria, de la destrucci√≥n de culturas por el industrialismo y de la resistencia social a esa destrucci√≥n. Estas palabras introducen la imagen de la tumba de los Marx en el cementerio londinense presidida por la gran cabeza de Karl, seg√ļn una secuencia de la pel√≠cula de Mike Leigh Grandes ambiciones, en la que el protagonista explica, en la Inglaterra thatcheriana, "cuando los obreros se apu√Īalan a s√≠ mismos por la espalda", por qu√© fue "grande" aquella cabeza. La secuencia acaba con un plano que va de los ojos del protagonista a lo alto del busto marm√≥reo de Marx mientras la protagonista, a quien va dirigida la explicaci√≥n, se interesa por las siemprevivas del cementerio ( "y tuvimos que mirar la naturaleza con impaciencia", dice Brecht a los por nacer; "en casa siempre tengo siemprevivas", dice la protagonista de la pel√≠cula de Leigh).

La explicaci√≥n de la grandeza de Marx por el protagonista de Grandes ambiciones enlaza bien con la reflexi√≥n de Berger y permite pasar directamente a la secuencia final de La tierra de la gran promesa de A. Wajda, la de la huelga de los trabajadores del textil en Lodz, que sintetiza en toda su crudeza las contradicciones del tr√°nsito sociocultural del mundo rural al mundo de la industria en la √©poca del primer capitalismo salvaje. Entre el Lodz de Wajda y el Londres de Leigh hay cien a√Īos de salvajismo capitalista. Vuelve la imagen de Marx en el cementerio londinense. Pero en la cinta sin fin hemos montado, sin soluci√≥n de continuidad, otra imagen: la que inicia la larga secuencia de La mirada de Ulises de Angelopoulos con el traslado de una gigantesca estatua de Lenin en barcaza por el Danubio.

Es esta una de las secuencias m√°s interesantes del cine europeo de la √ļltima d√©cada, por lo que dice y por lo que sugiere. Presenciamos, efectivamente, el final de un mundo, una historia que se acaba: el s√≠mbolo del gran mito del siglo XX navega ahora de Este a Oeste por el Danubio para ser vendido por los restos de la nomenklatura a los coleccionistas del capitalismo vencedor en la tercera guerra mundial. Es una secuencia lenta y larga, de final incierto, que se queda para siempre en la retina de quien la contempla. La cortamos, de momento, para introducir otra. Estamos viendo ahora la secuencia clave de Underground de Emir Kusturica: la restauraci√≥n del viejo mito plat√≥nico de la caverna como par√°bola de lo que un d√≠a se llam√≥ "socialismo real". El intelectual bur√≥crata ha conseguido hacer creer al h√©roe de la resistencia antinazi, en el subterr√°neo, que la vida sigue igual, que la resistencia antinazi contin√ļa, y maneja los hilos de la historia como en un gran gui√Īol mientras un personaje secundario, pero esencial, repite, entre charangas y esperpentos, una sola palabra: "la cat√°strofe".

Ninguna otra imagen ha explicado mejor, y con m√°s verdad, que esta de Kusturica, el origen de la cat√°strofe del "socialismo real". Hay muchas cosas importantes en esta pel√≠cula en la que los simples s√≥lo ven ideolog√≠a proserbia. Pero fragmentamos Underground para volver a La mirada de Ulises, ahora con otra verdad a cuestas, la del pecado original del "socialismo real". La barcaza sigue desliz√°ndose por el Danubio con la gigantesca estatua de Lenin tambi√©n fragmentada. Lo hace lentamente, muy lentamente. Desde la orilla del gran r√≠o las gentes la acompa√Īan, expectantes unos, en actitud de respeto religioso otros, seguramente asombrados los m√°s. Da tiempo a pensar: el mundo de la gran pol√≠tica ha cambiado; una √©poca termina; pero no es el final de la historia: las viejas costumbres persisten en el coraz√≥n de Europa. Tal vez no todo era caverna en aquel mundo. Cae la noche y la gran barcaza con su estatua de Lenin montada para ser vendida enfila la bocana del puerto fluvial. Cortamos la secuencia al caer la noche. Donde antes estaba el Danubio est√° ahora el Adri√°tico, hay ahora otro barco, el Partizani: es la secuencia final de Lamerica de Gianni Amelio con la imagen, impresionante, del barco atestado de albaneses pobres que huyen hacia Italia mientras el capitalismo vuelve, gozoso, a sus negocios y nuestro protagonista ha conocido un nuevo coraz√≥n de las tinieblas. Premonici√≥n de lo que no hab√≠a de ser el hegeliano Final de la Historia sino el comienzo de otra historia, por lo dem√°s muy parecida a las otras historia de la Historia.

Cinta sin fin. Otra vez las palabras de Berger, la cabeza de Marx en el cementerio londinense, la gran estatua de Lenin navegando, lenta, muy lentamente, por el Danubio. ¬ŅLlega realmente a su destino? Puede haber pensamiento en la fragmentaci√≥n: la explicaci√≥n de Leigh en Grandes ambiciones, que se repite: "Era un gigante. Lo que √©l [Marx] hizo fue poner por escrito la verdad. El pueblo estaba siendo explotado. Sin √©l no habr√≠a habido sindicatos, ni estado del bienestar, ni industrias nacionalizadas....". Lo dice un trabajador ingl√©s de hoy que, adem√°s (y eso importa) no quiere rollos ideol√≥gicos ni ama los sermones. Y tampoco es la suya la √ļltima palabra. La cinta sigue. Cinta sin fin.

En esa cinta está Marx. Ha habido muchas cosas en el mundo que no cupieron en la cabeza de Marx. Cosas que no tienen que ver con la lucha de clases. Cierto. Pero de la misma manera que nunca se entenderá lo que hay en el Museo del Prado sin la restauración historiográfica de la cultura cristiana tampoco se entenderá el gran cine de nuestra época, el cine que habla de los grandes problemas de los hombres anónimos, sin haber leído a Marx. Sin ismos, por supuesto.

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Francisco Fernández Buey é professor da Universidade Pompeu Fabra, em Barcelona. Este é o prefácio de Marx (sin ismos). Barcelona: El viejo topo, 1999. Veja-se, também, Diez respuestas sobre Marx y los marxismos.



Fonte: Especial para Gramsci e o Brasil.

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